martes, 15 de mayo de 2012



Palabrejas nada más. Tonterías que se pasean por los corredores de mi mente, que juguetean en mi corteza cerebral. Frases encantadoras o lastimeras que cautivan al lector, demasiado estúpido como para darse cuenta de que nada es lo que parece.

Escribo una letra tras otra y cada vez que vuelvo la mirada veo que me fui por las ramas: perpleja, no comprendo de tratan las anteriores líneas. Sigo escribiendo, pues sé que algo de sentido tendrán si las he escrito con toda la sinceridad de mi podrido corazoncito.

Se repite esta situación cada vez que me dispongo a escribir, este inspirada o más vacía que el bolsillo de un vagabundo o que el corazón de un rico.

Textos y textos que hablan más o menos de nada convertidos en best-sellers es lo que ven los autores. Obras de arte es lo que ven los  lectores,  que no dan crédito a las cualidades propias del buen artista: la creatividad, la ligereza, la magia…

 Si el escritor escribe solo,  sin compañía, nunca se dará cuenta de su talento: las obras son fotocopias amorfas de lo que pasa por las sienes, y lo que pasa por las sienes viene desordenado.

 Así se queda en el papel: seco, descoordinado, muerto. Quien crea  siempre ve todo más claro en el universo interior: allí, el audio y la calidad de imagen son de mayor calidad. Cuando la información es transportada a mentes ajenas, las escenas se distorsionan y se pierden megapíxeles.

Un artista solo es artista con público.  Solo , es un simple loco con sus locuras, con sus palabrerías, con sus lienzos, con sus chatarras, con su corazón chafado, con sus drogas de diseño, con sus ideales de ermitaño.

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