Lloro ante el reloj. Siento el pálpito de lo pasado, cada
vez más próxima al abismo del conocimiento, del desamparo, de la muerte… Cada
vez más próxima al futuro, que me abraza para alimentarse del calor de mí
esperanza. Me abraza para que olvide el presente. Me abraza para dejarme vacía
de energía, sin motivación para afrontar la realidad.
Me he hecho mayor. Lo sé porque ahora me es imposible
imaginar el mundo de hadas con el que soñaba cada noche, lo sé por que no
consigo volver a los castillos de sonrisas que construía en mi infancia, lo sé porque
un amigo verdadero ya no se encuentra en ningún lugar, lo sé porque me aburre
todo lo que me rodea, lo sé por que me es imposible creer en el dios que cobijó
mis acciones, lo sé porque la melodía que oigo suena desafinada y no armoniosa
como solía.
Miro a mí alrededor y desconfío. Miro la televisión y la
rabia fluye. Miro las noticias y comprendo las cosas que ocurren. Entiendo lo
que es la hipocresía, entiendo lo que es la bondad y que se encuentra en nunca
jamás, entiendo que luchar no significa ganar, entiendo que este mundo es una
mierda. No saber nada sobre la maldad es vivir feliz, el conocimiento trae
lágrimas.
Y ahora estoy pensando sobre lo que seré y lo que será. No
se hacia dónde lleva este camino sin
horizonte y estoy comenzando a perder mi escasa paciencia.
¿Hasta cuándo tendré que esperar para que la falta de
ignorancia me sea llevadera?
Es triste: la infancia es la única etapa en la que nos es
posible ser felices cuando todos lloran, pero somos demasiados inconscientes
como para aprovechar el momento…
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