jueves, 1 de noviembre de 2012

Crecí.


Lloro ante el reloj. Siento el pálpito de lo pasado, cada vez más próxima al abismo del conocimiento, del desamparo, de la muerte… Cada vez más próxima al futuro, que me abraza para alimentarse del calor de mí esperanza. Me abraza para que olvide el presente. Me abraza para dejarme vacía de energía, sin motivación para afrontar la realidad.

Me he hecho mayor. Lo sé porque ahora me es imposible imaginar el mundo de hadas con el que soñaba cada noche, lo sé por que no consigo volver a los castillos de sonrisas que construía en mi infancia, lo sé porque un amigo verdadero ya no se encuentra en ningún lugar, lo sé porque me aburre todo lo que me rodea, lo sé por que me es imposible creer en el dios que cobijó mis acciones, lo sé porque la melodía que oigo suena desafinada y no armoniosa como solía.

Miro a mí alrededor y desconfío. Miro la televisión y la rabia fluye. Miro las noticias y comprendo las cosas que ocurren. Entiendo lo que es la hipocresía, entiendo lo que es la bondad y que se encuentra en nunca jamás, entiendo que luchar no significa ganar, entiendo que este mundo es una mierda. No saber nada sobre la maldad es vivir feliz, el conocimiento trae lágrimas.

Y ahora estoy pensando sobre lo que seré y lo que será. No se hacia dónde lleva este  camino sin horizonte y estoy comenzando a perder mi escasa paciencia.
¿Hasta cuándo tendré que esperar para que la falta de ignorancia me sea llevadera?
Es triste: la infancia es la única etapa en la que nos es posible ser felices cuando todos lloran, pero somos demasiados inconscientes como para aprovechar el momento…

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